istanbulpanoramamorning

La puesta de sol sobre el mar Jónico ya había pasado hacía horas, saliendo desde el puerto de Patras en una cálida oscuridad. Llevábamos ya largo rato en las filas para entrar al ferri que salía a la media noche hacia Venecia. Aburridos mirábamos a los agentes de seguridad revisando los remolques de los camiones, de arriba abajo con linternas.

“¿Realmente la gente intenta esconderse en estos camiones?” nos preguntamos el uno al otro.

Cristian había escuchado la historia de dos niños inmigrantes que se habían escondido en la rueda de repuesto de uno de estos camiones tratando de entrar en España. Sus cuerpo fueron encontrados sin vida días después, ahogados por el calor y los gases bajo el camión.

También habíamos escuchado de ocho refugiados en “La jungla” (Un campo de refugiados gigantesco cerca de Calais, Francia,) habían muerto tratando de cruzar desde Francia a Inglaterra y escondiéndose en camiones.

¿Merece la pena? ¿La gente todavía lo intenta?

Conductores alrededor nuestra salían para revisar sus propios camiones, arrodillándose y alumbrando con su linterna arriba y abajo.

Delante en el punto de control había un grupo de hombre vestido de verde militar y fumando. Llevaban porras y armas de fuego en sus cinturones. A nuestra derecha, en una zona de césped se encontraba un chico observando los camiones con interés. Miraba a uno y a otro mientras se tocaba la cara. Llevaba una camiseta y pantalones anchos. Me recordaba a uno de nuestros amigos del campamento, pero podía pasar por griego o italiano fácilmente.

Después de unos minutos, nos paramos detrás de un camión que llevaba remolques apilados uno encima de otro. El camión tenía matricula de Alemania y una pegatina de la línea de ferris. De repente, a centímetros de la venta abierta de Cristian, el chico de pantalones oscuros trepó al camión alemán y desapareció entre los remolques.

Justo segundos después, el conductor del camión vino corriendo y miro hacia la oscuridad dentro de su propio camión. Se giró y nos vio a nosotros. En alemán, se dirigió a nosotros con algunas palabras, que solo podían significar: ¿Lo habéis visto? ¿Dónde ha ido? Miro a la derecha, sintiéndose muy molesto.

Allí en la misma zona de césped había otro chico acuclillado, haciendo señales a su amigo en el camión. En ese momento, nos tuvimos que mover hacia la fila colindante donde nuestro coche sería inspeccionado, donde perdimos la perspectiva para poder saber que estaba sucediendo en el camión alemán.

No podía creer lo que acabábamos de ver: un inmigrante tratando de colarse en el ferri. A nuestra derecha vimos al conductor de camión alemán dirigirse a los hombre armados de la frontera. Uno de ellos asintió con la cabeza, apunto con su linterna hacia el camión como para enviar una señal. No parecía muy sorprendido.

Tras pasar el control de seguridad, nos dirgimos al ferri. Mire sobre mi hombro y allí, encima de la valla del perímetro de seguridad, se encontraban los dos inmigrantes. ¡Cuidado! Supliqué a baja voz, desde mi privilegiada posición en el coche.

Ellos saltaron al suelo y corrieron a través de un gran aparcamiento, que en esos momentos parecía traicionero y no lo suficientemente oscuro. No os hagáis daño. Pensé. Vuestras madres están esperando a que las llaméis.

Nunca sabremos quienes eran estos jóvenes, o si consiguieron llegar al ferri esa noche. Pero si que sabemos, que hay mucha gente como ellos, gente que esta tan desesperada por alcanzar una nueva vida que esta dispuesta a arriesgarlo todo.

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