El 28 de Junio, tres días después de salir, el aeropuerto de Ataturk fue atacado por terroristas. Tres terroristas suicidas mataron a 47 turistas extranjeros, ciudadanos turcos, trabajadores del aeropuerto y conductores de taxi, aparte de herir a otras 200 personas.

Los terroristas se centraron en infringir daño a turistas como nosotros en un lugar donde acabábamos de estar, haciéndose explotar en la puerta de salidas, de llegadas y en el aparcamiento.

El ataque fue perpretado por ISIS presuntamente.

Este ataque nos golpeo mas cerca de casa, en términos de proximidad y tiempo, pero también por estar en ese mismo lugar, con esa misma gente. Porque podríamos haber sido nosotros.

 Cuando compramos los billetes aseguramos a nuestros seres queridos que Estambul era un lugar seguro; que la mayoría de los ataques esta año habían sido en otras partes de Turquía. Pero eso puede cambiar en un momento.

No nos enteramos de la noticia de los ataques hasta que llegamos a esa noche a casa, tras pasar el día en Valencia. Tan pronto como me conecté a internet, mi teléfono comenzó a hacerme llegar notificaciones incesantemente.

Primero las notificaciones del New York Times: El aeropuerto de Estambul ha sido atacado por hombres bomba. Después nuestros amigos: ¿Estás en Turquía? ¿Estas bien?

A la cabeza y en nuestras conversaciones comenzaron a venir muchas preguntas, y todavía lo hacen.

¿Cómo es que nosotros fuimos los afortunados en esta ocasión?

¿Se encontraba nuestro simpático conductor, al que tanta gracia le hizo que grabase el camino al aeropuerto, ese día en el aeropuerto?

¿Qué paso con el hombre que nos recibió en el aeropuerto con nuestro nombre en un cartel?

¿Y la mujer de seguridad en salidas?

¿Por qué ir a por los turistas, que solo quieren visitar esa bonita ciudad?

¿Dónde será el próximo ataque?

¿Deberíamos cambiar nuestro vuelo de vuelta para evitar?

 

 Pero esta es la mismísima razón por la que viajamos. Viajamos para fomentar entendimiento en lugar de ignorancia; cultivar amistades en lugar de resentimientos; para establecer conexiones y no asunciones.

 El odio lleva a gente como esos tres suicidas a entrar en un aeropuerto, mirar a la gente inocente que hay a su alrededor, a los niños y activar el detonador que para matar.

El odio hace que el terror se convierta en metodología y la muerte en mecanismo. El odio incluso empuja gente inocente a llegar a conclusiones precipitadas y decir cosas incendiarias como reacción.

 No tengo el poder para detener el terrorismo; no tengo el poder para parar las bombas, las palabras de odio, los tiroteos policiales o las dictaduras. Pero tengo el poder para no odiar y pata rogarles a otros que escojan el amor, no el odio.

Tengo el poder para mostrarte la humanidad de las personas que me encunetro. Puedo la belleza que hay en la diversidad. Puedo mostrarte diferentes ángulos a considerar mientras tratas de decidir que pensar.

Así que, querido lector, continua leyendo y continua amando.

 

 

 

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